19 de septiembre de 2011

Una niña de los ochenta.

By Yolandica
Mentes en Babia,
En noches como estas, con un terrible dolor de estómago es necesario y vital cenar SOLO un yogur, mala pata que lo pienso ahora después de haberme jartao a cenar.
En ocasiones me gustaría volver al pasado solo para recordar sabores casi olvidados.
Cuando era pequeña odiaba los chicles de fresa, tan sólo mascaba los de fresa de dos marcas;
-Los chicles Niña, parecido el sabor a los de fresa actuales de Trident (que devoro por cierto)
-Los chicles de fresa de Cheiw. Horror, no me acuerdo de su sabor pero eran los mejores.
Nota: odiaba los de fresa ácida, que te encogían la cara para el resto del día y te dejaban un dolor seco en la mandíbula, que dicen que El Fary se ponía feo comiendo limón, pues no lo viste mascando chicle Cheiw de fresa ácida.
Recuerdo que valían un duro, pero si me pillaba tacaña, y quería sacarle más partido a mi moneda, en aquellos tiempos el duro lo podías estirar a cinco pesetas y con ellas te comprabas CINCO chicles de peseta, que por lo general, estaban duros y no sabían a nada, pero molaba.
También recuerdo los anisicos, los había de varios tamaños y los vendían en botecitos de plástico con figuras tan originales como un botijo, un chupete, de niño...cuántos no me tragaría por la nariz, cuántos...
Pero en el top ten de chuches de la época se encontraba LA REGALIZ. Si querías ser socialmente aceptado debías mascar regaliz aunque te provocara arcadas, es en esta ocasión cuando llevar un chicle de peseta de indescifrable sabor servía, por lo menos, para arrancar de tu boca tal asquerosidad de sabor.
A mi cole iba un señor muy mayor, y la llevaba de varios grosores y la vendía al grito de ¡¡Hay rega!!! También venía un señor, mucho más viejo aún, con gafas y boina a vendernos manzanas de caramelo, que llevaba en una cesta de mimbre. Y allí estábamos todos en la hora del recreo, comprándoles chuches a extraños que se acercaban a la verja...cómo han cambiado los tiempos.
Ayer, viendo una peli actual de Los Pitufos, que me encantaban de pequeña, pude recordar la sensación de indigestión por lacasitos en plena tarde de dibus. Recordé la alegría de ver todos los mediodías de sábados y domingos a La pequeña Lulú, Las aventuras de Tom Sawyer, Don Quijote, Dartacán, Ulises (lo confieso, estaba enamorada de Telémaco)... , la alegría que te daba cuando entre programa y programa, y para rellenar y ajustar programación te metían una de Tom y Jerry, o de Super Ratón (Y no olviden supervitaminarse y mineralizarse), o La Hormiga Atómica, o Leoncio León y Tristón, o Pixie y Dixie, Maguila el gorila...
Cómo echo de menos los ochenta, con Naranjito, con Sport Billy, con Chanquete, con V, con el Equipo A, y hay que ver cómo me sigue dando el mismo repelús Michael del Coche Fantástico.

Aunque orgullosísima de mis treinta y tantos, quien fuera niño otra vez en los ochenta.
Nos recordamos en Babia.

2 comentarios:

  1. Dios amiga, estoy totalmente contigo en echar de menos ese tiempo,y sobretodo por compartirlo que te sigo queriendo tanto.Eres una artista de la pluma, el bibliobus te vino muy bien ya me voy dando cuenta,jajajajajaa!!!

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  2. Acercar la cultura a los barrios, aunque fuera en autobús era una gran idea, lástima que ahora no se vea igual y se cierren bibliotecas...

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