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12 de noviembre de 2012

El taco.




Para enfadarse hay que tener arte, y esto es así.

No creo que exista nadie con sangre en el cuerpo que no haya sentido el impulso tacoso. Doy fe, por experiencia propia, que el desahogo liberador puede ser rotundo, imaginativo o fino, según el uso, el contexto y el nivel de contención que se le de al vocablo.

Mi padre, era de enfado rápido, surgía de la nada y a la nada se iba en instantes, cualidad que he heredado.

En ese advenimiento prontoso, brotaban de su boca lindezas escatológicas de lo más ocurrentes.

Solía soltarlas a lo bonzo y de carrerilla hasta le punto de la asfixia, por lo que tenías que estar muy atento para que no se escapara ninguna.

De la retahíla de mecagos había dos en su hit parade a las que le tengo especial cariño:

Una, ya lo comenté en su día, era cuando se cagaba en la virgen del triki-triki. Mi respetos si me lee alguien que se llame Triki o Mari Triki, porque entonces es que desconocía la existencia de esta ¿virgen?.

La otra era: Me cago en el tres me cago.

Ya de niña fui cultivando una mente analítica, presta a desmenuzar toda composición, por muy absurda que se presente, y a intentar darle un significado coherente. De esta último hit no lo he conseguido. Por lo que en mis momentos de divagación y mirada perdida, intento hallar el porqué, mi padre, se cagaba en el tres dos veces. Y me estresa no haberlo encontrado.

De otras expresiones llegué a la conclusión, que la sota de una baraja de cartas era una mujer de vida alegre y que si es de oros, mi padre, también se hacía popó...jamás lo hizo en la de espadas, en la de bastos y mucho menos en la de copas.

También debe ser generosamente relajante cagarse en todo lo que se menea...según me ha apuntado hoy una compañera hacerlo 37 pares de veces...que eso ya tiene que ser sufrir un virus estomacal y pagarlo con todo lo que se mueve.

Mi madre, mucho más fina, dónde va a parar, para no dar mal ejemplo a sus niñas, directamente no terminaba JAMÁS el taco y alargaba la letra en la que se quedaba presa de la ira...y de la prudencia.

Así que, lo más normal en una tarde de batalla, de risas cojoneras y de mamá mi hermana me ha metido el dedo en el ojo es que estallara con un BASTA YA coññññññññ.

Que acabara aquí o en una vocal cualquiera menos la "o" dependía del grado de cansancio acumulado. Y si eras medianamente listo te callabas.

Dentro de este grupo podríamos incluir a los flanderianos, de sangre horchatera, que insisten en reducir la intensidad del taco con un diminutivo. Decir puñetitas no alivia. A mí no.

Claro, de esta combinación de finura por parte de madre y creatividad escatológica expresada por vía paterna, podría haber florecido en mí un genio liberador de prontos...pero no, mire usté. Soy de taco escaso pero rotundo y con eco.


¿Y tú, guardas con especial cariño algún hit original made in la boca de alguien enfadado lo suficientemente imaginativo y prudente como para comentarlo?

9 de mayo de 2012

No corras mucho mamá.



El día que me saqué el carné de conducir empecé a fumar.

No me había fumado un cigarro a las ocho de la mañana en la vida (ni a los ocho ni a las mil, no había fumado never), pero vi el puestecito y me dije, hoy es el día, valiente.

Y allí estaba yo, más mareada que el payaso de los globos de un carrusel ochentero, esperando a examinarme, entera por fuera, deshecha por dentro...y es que no hay mejor laxante que unos nervios localizados y un cigarro en ayunas en unos pulmones vírgenes cual Amazonas.

Si pudiera volver atrás en el tiempo y con estas siete canas que me engalonan en "la edad del estar devuelta detó", me diría algo feo, pero mira, no puedo retroceder... de momento.

Aprobé.

Sí, repito, aprobé a la primera.

El cigarro me embriagó, me dotó de valentía y soltura y me dejó el cuerpo mumalamente, pero aprobé.

Para celebrarlo, el primer domingo llené el aforo del coche de mi padre con abuela, padres, amiga valiente y servidora. Pegamos la L con nivel (no sea que quedara torcido) en el cristal y nos fuimos a pasar un agradable día de playa.

El viaje, bien-gracias. Sólo diré que mi abuela aplaudió cuando llegó al destino, le faltó besar el suelo como el Papa, se lo hubiera permitido sin la menor objeción... pero la relación con mi padre quedó tocada de por vida (así queda más dramático, se nos pasó en cuanto descargamos iras con algún aspavientos al cielo y unos pocos de vargamelavirgen - el malpronto y el fácildesahogo nos viene de serie con los genes, qué invento...)

Y es que mi padre no se sacó en su momento el carné de conducir, no, mi padre se licenció en el Bello Arte del Conducir. Y se doctoró Cum Laude con la tesis "La importancia de poner doble punto muerto" traducida allende los mares como "Para qué te he pagado la autoescuela si no sabes conducir ni meter doble punto muerto niná".

Sí, camino a la playa, en pleno atasco dominguero, mi padre me pidió que metiera doble punto muerto...pero qué pepitilla (soyfina) es eso, aún no lo sé, pero juré, y yo para los juramentos soy como Escarlata O' Hara: "Que no iba a coger más el coche de mi padre, y si para eso tenía que andar, montar en bici, patinar o ser autostopista, lo era, pero yo no conduciría un coche hasta tener el mío propio. Y puse de testigo a Dios (que para eso es omnipresente), a mi abuela que se santiguaba, a mi madre que miraba por la ventanilla y a mi amiga que no pestañeaba con miedo a salir mal parada."

Tardé muchos años en volver a conducir, los mismos que tardé en dejar de fumar. Pero el día que decidí dejar de fumar, decidí volver a la autoescuela, tomarme cuarenta tilas y medio bote de pasiflorina y poner de nuevo en mis manos y bajo mis ordenes (y no del señor Doblepuntomuerto) un coche con su volante y sus ruedas.

A día de hoy conduzco. Ni bien ni mal, lo hago y punto. No me gusta, no me relaja... y no corro mamá.