El día que me saqué el carné de conducir empecé a fumar.
No me había fumado un cigarro a las ocho de la mañana en la vida (ni a los ocho ni a las mil, no había fumado never), pero vi el puestecito y me dije, hoy es el día, valiente.
Y allí estaba yo, más mareada que el payaso de los globos de un carrusel ochentero, esperando a examinarme, entera por fuera, deshecha por dentro...y es que no hay mejor laxante que unos nervios localizados y un cigarro en ayunas en unos pulmones vírgenes cual Amazonas.
Si pudiera volver atrás en el tiempo y con estas siete canas que me engalonan en "la edad del estar devuelta detó", me diría algo feo, pero mira, no puedo retroceder... de momento.
Aprobé.
Sí, repito, aprobé a la primera.
El cigarro me embriagó, me dotó de valentía y soltura y me dejó el cuerpo mumalamente, pero aprobé.
Para celebrarlo, el primer domingo llené el aforo del coche de mi padre con abuela, padres, amiga valiente y servidora. Pegamos la L con nivel (no sea que quedara torcido) en el cristal y nos fuimos a pasar un agradable día de playa.
El viaje, bien-gracias. Sólo diré que mi abuela aplaudió cuando llegó al destino, le faltó besar el suelo como el Papa, se lo hubiera permitido sin la menor objeción... pero la relación con mi padre quedó tocada de por vida (así queda más dramático, se nos pasó en cuanto descargamos iras con algún aspavientos al cielo y unos pocos de vargamelavirgen - el malpronto y el fácildesahogo nos viene de serie con los genes, qué invento...)
Y es que mi padre no se sacó en su momento el carné de conducir, no, mi padre se licenció en el Bello Arte del Conducir. Y se doctoró Cum Laude con la tesis "La importancia de poner doble punto muerto" traducida allende los mares como "Para qué te he pagado la autoescuela si no sabes conducir ni meter doble punto muerto niná".
Sí, camino a la playa, en pleno atasco dominguero, mi padre me pidió que metiera doble punto muerto...pero qué pepitilla (soyfina) es eso, aún no lo sé, pero juré, y yo para los juramentos soy como Escarlata O' Hara: "Que no iba a coger más el coche de mi padre, y si para eso tenía que andar, montar en bici, patinar o ser autostopista, lo era, pero yo no conduciría un coche hasta tener el mío propio. Y puse de testigo a Dios (que para eso es omnipresente), a mi abuela que se santiguaba, a mi madre que miraba por la ventanilla y a mi amiga que no pestañeaba con miedo a salir mal parada."
Tardé muchos años en volver a conducir, los mismos que tardé en dejar de fumar. Pero el día que decidí dejar de fumar, decidí volver a la autoescuela, tomarme cuarenta tilas y medio bote de pasiflorina y poner de nuevo en mis manos y bajo mis ordenes (y no del señor Doblepuntomuerto) un coche con su volante y sus ruedas.
A día de hoy conduzco. Ni bien ni mal, lo hago y punto. No me gusta, no me relaja... y no corro mamá.

