La RAE no la contempla...no la habrá sufrido...habla de partirse, de mearse, de reventar...de la sardónica...pero no hablan de ella, y estoy segura que existe, porque la intuyo, la veo venir y la sufro.
Ya caída la tarde, cuando el cansancio embrutece el raciocinio y la prudencia hasta el punto del desvanecimiento, aflora en mis hijas un trastorno insano, que no la sufre quien la padece, sino quien la soporta.
Me explico.
Allá cuando la mugre del día se va convertida en torbellino por el desagüe de mi bañera, en pleno fragor de friegue y restriegue, tras la cortinilla, fluye en mis pequeñas la necesidad de reírse portodo y pornada.
Ese regocijo carcajoso tiene la cualidad del muelle flojo, me río-paro, me río-paro, me descojono-paro. Además es una risa de gaznate, de sonido fofo y timbre perezoso. Repetitiva y sorda tanto como desesperante.
Suele preceder al llanto, como nubarrón a la tormenta.
Sí. Tras la endeble hilaridad y el escaso gracejo que le caracteriza, encabeza una oleada de cachetadas con chispa.
Más se pegan más se ríen. El festival del humor hecho espuma, enredado en aroma a lavandas inglesas.
A poquito a poco, el timbre sube y la risa cojonera da lugar al sollozo quejicoso en un tímido RE para pasar, tono a tono, en un magnífico e insoportable SI sostenido.
Atención, si eres persona sensible al buen arte, la capacidad de pasar de la risa al llanto es tan prodigiosa que las lágrimas brotarán de tus ojos a la par que el berrido.
Éste, nace en tu estómago, allá donde el mismo pierde su nombre y lo llaman bulbo duodenal, mismamente. Razón por la que, al salir de las cavidades más profundas de tu ser, el sonido sale hercúleo y poderoso, con efecto paralizante que hasta el tibio chorrillo de agua que fluye libertina por la ducha, corta su corriente por el susto que se lleva.
El rugido ahoga el cachete y lo mete de cabeza en un bucle de hilaridad sin igual, me rio-te miro-me parto-te pego-lloro-me río...
Y una, sufrida espectadora, decide poner en marcha le movimiento involuntario de párpado, listo para despegue y el guiness, y guardar sus palabras del tifón cojonero, por miedo a que succione su amenaza y se someta al tirabuzón jocoso.
No he conseguido remedio para tal jolgorio.
Lo temo, amigas y aunque todavía no me haya podido hacer con las riendas de esta bestia inmunda que me somete al peor de los gerundios, llamado fastidiándome, os pongo por testigos, que nunca más volveré a sufrirla, ya tenga que quemar inciensos, recitar mantras, enredar mis piernas cual flor de loto o prender velas...pero en mi baño, oh sí, se olerá a lavandas y sosiego...aleluya.


