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Tiene mi odiado parque una fuente tan perniciosa como fea.
Allá cuando el arquitecto y el ingeniero tuvieron a bien construir una horrible fontana en pendiente y a ras de suelo, tenían que estar en horas de muy bajo ingenio. Os invitaría a verlo si no quisiera mantener mi intimidad resguardada en este relativo anonimato que me reconforta en cada entrada.
La fuente está compuesta por una especie de fosas de color marrón caca, con dos chorros de agua en cada una de ellas y un desagüe o coladero en la parte baja, para supongo, ir pasando agua de foso a fosa gracias a al pendiente, a la gravedad y a la madre que parió a panete (friquerizo, me la quedo). Sigue.
Tiene mi barrio la cualidad de ser ventoso puñetero, y aquel ingeniero y su amigo el arquitecto, en aquellas locas horas de guiño al mal gusto, tuvieron a bien decorar el barrio con árboles de hoja caduca. Los mismos y desde el principio sufren de alopecia y caspa. Por lo que cualquier estación del año cubre de manto hojaresco las calles de este mi barrio, que diría el Fary.
El viento, juguetón, empuja y juega con ellas al pilla-pilla, formando remolinos, bucles e incluso tornados, para dejar su torbellino refrescar ¿dónde?, en el desagüe de las fontana di merdi.
¿Resultado? Desbordamiento de segunda fontana y medio parque inundado.
No contentos con la tremenda obra de arte, decidieron poner vallitas liliputienses a los fosos, tan inútiles como espantosas. La incógnita sobre su colocación bien podría ser uno de los secretos mejor guardados del mundo:
¿Hacer más puñetera la caída en la fosa? ¿Servir de asiento y trampolín al niño incauto que se siente sobre ella? ¿Atrezzo?
No conozco infante que no se haya dado un chapuzón involuntario. Hasta a un niño de comunión vestido de almirante he visto sacar de sus cloradas profundidades, con todos su galones haciendo aguas.
Y sí. Mis hijas también. Seis años seis hemos tardado en bautizarnos en las turbias aguas de la fontana.
La otra tarde, Berrinches, con todo el berrinche que fue capaz de generar, vino al banco donde placenteramente leía la que les narra, pisando con un fatídico chof-chof, filtrando agua a través de su mochila y seguida de un halo acuoso que caía, cual catarata, de su vestido.
Según mi hija, relatando el hecho entre lágrimas y lamentos, se le "resbalizó" la mano mientras estaba sentada en el cercado de la fosa y cayó de nalgas, en un preciso carpado hacia atrás tan húmedo como mortal.
Quede inaugurada la fuente, ele.
